Y te llamé. Lo hice porque te extraño. Porque extraño esa voz que escuchaba siempre al acostarme y siempre al despertarme. Porque con oír tu voz me siento bien y me siento mal. Porque al escuchar tu voz salir del auricular recuerdo los momentos terribles que pasamos, y pasamos por mi culpa, y que estoy seguro no volveremos a pasar, ni como pareja ni como amigos.
Te pregunté cómo estabas. Sentí ganas de saber de ti. "Estoy bien", respondiste. Te llamé por otra razón y me dio mucho gusto que aquella preocupación que tenía haya sido despejada por las respuestas que me dabas. No supe qué más decirte, solo quería saber cómo te sentías y cómo estabas. "Dime que me quieres y me amas". Fuiste muy atrevida para pedirme que te diga esa oración.
Me contaste que cualquiera de estos días llegará tu hermano y cuando llegue irán a averiguar el instituto donde quieres estudiar. "Mi amiga también me llamó. Tengo que saber algo de computación y listo. Este lunes empiezo", agregaste. Te deseé suerte. Te escuché alegre. Me alegré. Entendí que estás bien. "¿Cómo estás, tú?", preguntaste. Yo estoy bien. Me siento tranquilo. Relajado.
Me siento bien. Estuve pensando en mí. Entendí que la depresión que me ganó durante más de 4 meses fue porque todo ese tiempo estuve pensando en ti y en nuestra relación que se terminó por mis enojos y berrinches. Por eso elegí pedirte que terminaras conmigo. Aceptaste. Me deprimí desde octubre (2010) hasta marzo (2011).
Un dia de la segunda semama de Marzo, nos encontramos. Jueves para ser exacto. Estuviste hermosa. No conversamos. Nos besamos. Yo no quise. No confío en mí. Te fioste. "No la volveré a ver", pensé. Decidí escribir en el blog "Fin de una etapa". Me di por vencido. Ya no quise más esperar por una respuesta tuya. No aguanté la depresión y decidí abandonar. Lo leíste. Durante la semana, recibí mensajes de texto tuyos al celular. Me timbraste. Querías que te llamara. No lo hice. Me resistí a hacerlo. Al final, te llamé. "Me da mucho gusto que ahora pienses en ti. Siempre te voy a querer y amar. Siempre estarás dentro de mi corazón", me dijiste. "¿Puedes decirme que me quieres?". "No", respondí. "¿Por qué?". "Porque no me hará bien".
Nos volvimos a ver el sábado pasado. Fue la última vez que nos vimos. Vimos unas películas. Me miraste. Te miré. Me sonrojé. Te abracé. Aceptaste mi abrazo. Quise seguir viendo la televisión. No me dejaste de abrazar durante un buen tiempo. Te di besos en la mejilla. "Te voy a conquistar", me confesaste. Sonreí. Llegó la hora de despedirnos. Nos abrazamos y te dije que espero que encuentres a un chico que sea ideal para ti. "¿Por qué me dices eso?". "Porque nuestra relación terminó mal y si volvemos, puede que termine o un poco mejor o peor", te respondí. "¿Me acompañarás al paradero?". "No".
Ayer, viernes, te llamé para saber cómo estabas. Quise escucharte. "Dime que me quieres y me amas". Hice un ruido como diciendo "qué fastidiosa". "No importa. No me lo digas. Yo sé que me quieres y me amas". Eres estupenda. Ahora entiendo por qué decidí estar contigo y por qué me enamoré de ti.
Estoy solo. Estás sola. No podemos ser enamorados. Lo intentamos. "Cuando una chica se cruce en mi camino y comience a gustarme estar a su lado, te lo diré", te prometí. "Cuando un chico comience a gustarte, me lo dirás, ¿sí?", te pedí. "Ok, pero ten por seguro que estaré esperándote", respondiste. "Igual yo". No confío en lo último que dije...

