miércoles, 31 de diciembre de 2008

Tatiana, mi querida amiga

Suena el celular, extrañamente, a las 8:13 de la mañana. Me despierto -algo inusual en mí por la hora- y contesto -algo asustado, no sólo por la hora sino también porque la llamada venía de un teléfono público-.
- ¿Aló? -digo adormilado y un tanto temeroso, como sí fueran a amenazarme o insultarme o, peor aún, que fuera Catrina, mi enamorada, diciéndome que viene, eso sí no se lo perdonaría.
- ¿Hola? ¿Joan? -escucho por el auricular. No lograba reconocer la voz.- Soy yo, Tatiana -añade.
- Hola Tatiana, ¿Cómo estás? -dije, alegre por la sorpresa.
- Bien, amigo. ¿Creo que te desperté, no?
- Pues sí, pero descuida me encanta escucharte. ¿Y porqué la llamada tan temprano?
- Para saludarte un rato. ¿Y tú, qué vas a hacer hoy?
- Supongo que nada -contesto.
- Dime. ¿Puedo ir a tu casa ahora?
- Ya me despertaste, así que ven.
Antes de colgar, me dijo que iba a venir después de desayunar. Estaba feliz, desde su campeonato no veía a mi querida amiga -una de las pocas que tengo-.

Ella en comer es algo lenta, así que supuse que iba a llegar en una hora. Habían pasado treinta minutos, me levanto para ver que ropa ponerme y luego entré a ducharme. Salgo y me cambio, miro el reloj, son las 9:35 de la mañana, y aún no llegaba ella. Pasó una hora. Media hora más y nada.
Resignándome a la idea de no verla, entro a mi cuarto y me echo a descansar un rato. Pero a los tres minutos, suena el timbre, me pongo el polo y los lentes y salgo a la puerta.

Al abrirla, veo a Tatiana, linda, en buena forma y bella, como la última vez que la vi. La saludo, le doy un abrazo que -para mi mala suerte- duró unos segundos. Hacía un calor infernal, así que le propuse entrar a mi habitación para estar cerca de la ventiladora.
- Y ¿Qué te cuentas? -me pregunta Tatiana.
- Estoy tranquilo, algo molesto, algo decepcionado, algo aburrido, un tanto perezoso...
- Ya entendí. Jaja -me interrumpe- ¿Ya ingresaste a la pre de San Martín?
- No, aún no. ¿Y ese cuaderno? -señalé un pequeño cuaderno amarillo con stickers. Al abrirlo me dí cuenta que era de ella, porque está impecable y la letra es perfecta.
- Ah sí, también vine para que me ayudes en unos ejercicios... de seno, coseno y demás -me contestó. Me enseña las hojas. Las veo. Las analizo. Las tiro a la cama. No entendí un carajo.

Por más de una hora, conversamos sobre como nos fue en el colegio. Hablamos sobre los compañeros de mi salón, de los compañeros que repiten, de mis ex compañeros del Sandoval, de los compañeros que cambiaron de carácter, de los amigos que conseguí, de los "amigos", de las amigas que me hablan, de las amigas que perdí, de las amigas que ella perdió, de las veces que venía a mi casa a cocinar porque le molestaba que fuera al colegio sin almorzar, de cuando me decía que caminara más lento, de cuando le decía que bajara el volumen de su voz, y de algunas cosas más que -naturalmente- no recuerdo.

Entré a la computadora, me puse a ver si encontraba algo de sus ejercicios. No lo encontré. Tatiana se sienta. Me mira. Sonríe. Voltea su mirada. Me mira de nuevo.
- ¿Joan, te puedo dar un beso? -me pregunta ella. No sabía que decirle, me quedé frío, pensativo, aturdido por la pregunta directa hacia mi persona. Me quedé callado un buen tiempo.
- ¿Y?, ¿Se puede? -me dijo. No le atiné a responder su atrevida, pero interesante, pregunta.
- No sé, no sé -las únicas palabras que salían de mí.
Me levanto de la silla. La tomo de sus manos. La abrazo. Nos miramos. Mi mano roza su mejilla. La beso. Se echa a la cama. Yo también -encima de ella-. Después de unos minutos me levanto y me siento.
- ¿Porqué paraste? -me dice Tatiana.
- No sé, no sé -repetí.
- ¿Seguimos?
Nos besamos de nuevo. Se detiene ella.
- ¿Porqué besas así? -me pregunta con su linda mirada.
- No sé besar -lo único que se me vino a la mente, y, desde luego, es verdad. Nos sonreímos. De nuevo nos besamos. Nos echamos a la cama...

No sé si fue por agarre, por locura, por traición, por travesura, por venganza, o por aceptar su pedido del beso que, pocas veces, se me presentan. Pero, de lo que sí estoy seguro es que, desde que nos volvimos amigos y comenzamos a hablar sobre algunos temas que son privados, siempre le tuve un cariño porque, días, semanas, meses, años antes de ser su amigo, me gustaba, aún me gusta y siempre me gustará. Me acuerdo, de las veces, cuando creían que estaba con ella, porque iba a su casa, porque íbamos juntos al colegio y porque la acompañaba a su casa saliendo del colegio.

Después de lo que pasó, nos sentamos en la cama, pero yo me volví a echar para pensar. Ella hace lo mismo. Me abraza. Estuve callado unos minutos.
- ¿En que piensas? -le pregunté.
- ¿Ah? En nada, Joan. Estaba mirando la televisión -me responde Tatiana.
- Aya... Jaja -me reí de la pregunta que, después me dí cuenta, era estúpida.
- ¿Y tú? -me devuelve la pregunta.
- Nada, mirando el techo.
- Ah. ¿Y piensas escribir sobre esto?
- Sí.

Me fijo la hora. Son las 3 de la tarde. Me pide que la acompañe a su casa. Acepto. En el camino, me sentía cansado, decaído. Sentía ganas de desmayarme o echarme en el piso o -mejor aún- tirarme del puente. De un momento a otro escuché el tono de mi celular. Yo no lo tenía conmigo.
- ¿Escuchas? Parece mi celular -le pregunté a Tatiana.
- Estás loco, Joan. Yo no escucho nada. ¿En que estarás pensando? -me responde. Busco en mis bolsillos, para ver si lo había traído. No lo encontraba.
Llegamos a su casa. Me despido de ella con un beso en la mejilla. Regreso a mi casa, entro a mi cuarto, veo a Catrina molesta y con los ojos llorosos. Le pregunto que hace adentro. No me contesta. Me grita. No entendía lo que decía. No podía calmarla. Me lanza una cachetada... Me caigo al piso. Abro los ojos. Me veo con las sábanas a mi alrededor. Me había caído de la cama. Todo fue un sueño. Salgo a la sala y miro el reloj. Eran las 8:12 de la mañana. Entro al baño para mojarme la cara y arreglarme el cabello. Un minuto después, escucho sonar mi celular.
- ¿Aló?
- ¿Hola? ¿Joan? Soy yo... Tatiana.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Bendita envoltura

Kira, Diego y su amigo Jerito quedaron en ir a casa de Joan, para comer, tomar y joder, como siempre. Joan tuvo que hacer un esfuerzo y levantarse temprano, ya que está acostumbrado a dormir largas horas y porque es vital en él.

Llegaron a las 9:30 y tocan a la puerta. Joan, adormilado, les abrió. Todo fue muy, como decirlo, extraño. Jerito y Joan hablaban en la sala, mientras Kira y Diego estaban cocinando. Jerito le decía a Joan, como podría hacer para, de alguna forma, ganarse el cariño y poder estar con Yessica.
-Es que no sé, ella es muy fría- dijo Jerito.
-Osea como yo- bromea Joan.
-Si pues, tú y ella son iguales, y por eso te quiero porque me puedes ayudar.
-Ahummm, ya esta bien. Pero si tú quieres decirle algo a ella, tienes que decirlo serio y sin reírte. Porque si tú te ríes, ella no te va a tomar en serio- le exige Joan.
-Sí lo sé.
De pronto escucharon silencio en la cocina. Jerito, bromista, dice:
-¿Qué carajo están haciendo?

-Cocinando pues, mongól- responde Diego.
-Ya falta poco- añade Kira

Diez minutos después, Joan sale del baño, ingresa a su cuarto, y ve a Kira sentada, usando la computadora. Confundido, él, camina hasta la cocina en donde se topa con Diego.
-¿Oye, tienes ahí tus condones?- pregunta Diego
-Sí, ¿porqué?... No me digas... ¿Tú y ella?
-Eso creo, préstame uno.
-Después de que gastaste uno en el video... No me jodas.
Joan entra al cuarto nuevamente y sale guardándose algo en el bolsillo. Diego entra y se sienta al lado de Kira. Diego se acerca a ella y comienza a besarla, ella siguió la corriente.

Mientras Joan y Jerito comían la deliciosa comida que había preparado, Diego y Kira sacudían la cama que fue testigo de toda la acción. Joan llama a Jerito a escuchar los leves gemidos de excitación de ambos, pero aún más la de Kira.
-No podemos hacerlo- decía Diego, excitado por el movimiento que propiciaba Kira en la parte viríl erecta.
-¿Porqué?- pregunta Kira
-Puedes quedar embarazada y no quiero joderme la vida a esta edad- explicó él -Aparte, la basura de Joan se llevo los ponchos- añade.

Kira se quedó pensando, pero se le ocurrió la idea de jugar con la entrepierna, ya erguida, de Diego. La frotada, sobada, manoseada, ó, decirlo de una forma más simple, la masturbada que recibía Diego fue, como él dijo, rico, placentero. Fue tan rico que no aguantó y, suerte para Joan, se vaceó y se ensució su buzo.

Jerito, con el hambre que tenía, fue a la cocina a devorar todo lo que encontrara. Diego, en ese mismo instante, salía rápido al baño para limpiarse. Kira, sonriente, después de hacer esa travesura, llama a Joan.
-¿Porqué no le prestaste?
-Me la cobre de esa vez- respondió Joan -¿Y lo hicieron?
-Como crees, claro que no.
-Será para la proxima- bromea Joan
-Luego hablamos- Kira se retira a la sala, ya que Diego justo salía del baño.

Jerito, terminando su segundo plato, llegó a decir:
-Ay, mi madre. ¡Qué rico comieron!